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Crónica de un adúltero. Por Truffaut

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Fotograma de la película 'La piel suave'.
Imagen de una escena de la película 'La piel suave'.
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Pocas veces se ha retratado en cine un tema tan espinoso como el del adulterio con tanta sutilidad y refinamiento como con el que lo planteó François Truffaut en La piel suave (1964), de la que también es guionista. Filmada en un poderoso y exquisito blanco y negro, en su cuarta película (tras Los cuatrocientos golpes -1959-, Disparen sobre el pianista, -1960- y Jules y Jim, -1962-) el director galo vuelve a hacer alarde de su perfecto conocimiento y dominio de la naturaleza humana. En este caso, focaliza su atención en Pierre Lachenay (Jean Desailly), una famoso escritor francés, casado y con una hija, que en un viaje de avión hacia Lisboa con motivo de una conferencia, se queda prendado de una azafata, Nicole (Françoise Dorléac). La exhuberante joven llega a su vida como una bocanada de aire fresco, como esa llave mediante la que poder escapar de ese ambiente burgués que lo oprime. De esta manera, y no exento de dudas, se sumergirá en una aventura amorosa que, como la gran mayoría,  podrá desembocar en fatales consecuencias... Es increíble la extrema sensibilidad con la que Truffaut aborda este conflicto de gran calado moral. La primera escena del film, esa mano femenina y masculina que se acarician, quizá sea el máximo exponente de esta sutileza, así como toda una declaración de intenciones de una película que en ningún momento cae en el morbo fácil y que evita cualquier gratuidad a la que se presta la trama. Y es que, desde el mismo momento en el que NicolePierre se conocen, entablarán una relación que empezará con un constante juego de seducción basado en los silencios y en las miradas (primero en el propio avión, más tarde en el ascensor...), que muchas veces dicen más que las propias palabras. Esa forma que tiene el director de cortar en seco la escena en la que ambos están sentados en la cama de esa habitación a oscuras del hotel, frente a frente, es prodigiosa y no hace sino apelar nuevamente a uno de los principios de su filmografía que no es otro que más vale sugerir que mostrar. La imaginación del espectador será la clave de un relato en el que el hombre le escribe a su amante: "Desde que te conozco soy otro hombre, y este hombre no puede vivir sin ti".

Las metáforas son numerosas y constantes a lo largo de las casi dos horas de película, destacando esa forma que tiene el cineasta de presentar la personalidad del protagonista, al principio del relato, con el simple hecho de saltarse un semáforo en rojo. Deja patente, con este aparente inofensivo acto, que nos encontramos ante un hombre que empezará a vivir saltándose las reglas, cualquier principio moral establecido, desmontando todo pilar de lo políticamente correcto. Junto a este alarde de genialidad, el director nos regala otro sutil juego simbólico cuando Pierre anota el teléfono de Nicole en una caja de cerillas, que no hace sino ejemplificar que se avecina la peor de las explosiones, o lo que es lo mismo, las consecuencias que traerá consigo un acto tan ruin como el del adulterio. "Es inútil que mientas, lo sé todo: has estado en el campo con una mujer", le espeta su mujer, destrozada anímicamente, cuando su marido llega a casa.

Nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cannes y estrenada con polémica, La piel suave está ambientada en París, una de las ciudades favoritas del director. Con toda la intención, Truffaut le da un giro copernicano a ese legendario concepto de "la ciudad del amor" y pasa a convertir a la capital francesa en el territorio de la traición, el engaño y, en definitiva, el desamor. Una ciudad que aparece tan bien radiografiada como la personalidad de este triángulo amoroso, perfectamente confeccionado y creíble, en el que también destaca la figura de la niña, hija del matrimonio. Y es que, con este cuarto personaje -que no es casual en absoluto- lo que pretende el realizador es mostrar los devastadores efectos que tiene una aventura fuera del matrimonio en el seno familiar, siendo los niños, por su vulnerabilidad, las principales víctimas.

Con un final sustentado en una mujer convertida en toda una femme-fatale -y un guiño al cine de Hitchcock, uno de los cineastas favoritos de Truffaut- el desenlace de la película admite un doble lectura lapidaria -y que no conviene desvelar-. Será el punto y final de un delicioso ejercicio cinematográfico en el que la sensualidad, la juventud y el erotismo se enfrentan a un duelo mortal con la estabilidad, la experiencia y la madurez. ¿Quien ganará? ¿Esa aventura, aparentemente pasajera, con una azafata de vuelo,  o esa mujer con la que llevas casado media vida y que te conoce mejor que nadie? Aunque sólo sea para dar

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